Gracias 2015.

Adiós 2015.

Es una pena decirte adiós, porque has sido más que bueno conmigo. No me estás dando las mejores Navidades pero poco importa, porque sé que he disfrutado de cada una de las 365 nuevas oportunidades que me has ido dando día a día.

Adiós 2015, sé que no nos volveremos a ver, y que contigo se quedan un montón de finales y aún más comienzos. Y no quiero que te vayas sin asegurarme de que todas las personas que lo han hecho especial sepan que les agradezco cada minuto de su tiempo invertido en mí o conmigo.

Adiós, 2015 , y contigo la Universidad. Estudiar Psicología no me ha hecho psicóloga, pero sí me ha hecho aprender, aprender sobre mi misma, sobre otras personas y aprender con amigos. Amigos que sé que presenciarán, me acompañarán y compartirán los momentos más importantes de mi vida. Amigos que no veo ni veré tanto como me gustaría, pero que sé que estarán ahí cuando mi primavera, otoño, verano o cualquier otro invierno se tuerza. Mis Psicolocas y sus risas aseguradas (Anita, nos vemos en Segovia 🙂 ). Mis cerdeñeros… Cómo echo de menos tener el culo en remojo en aquellas agüitas…! Pero sobre todo, mis dos panditas favoritas, que no importa qué pase ni cuándo ni cómo, que sé que son mi mejor terapia, medicina, colchón y muelle. Raquel, Marta, os quiero, os quiero con locura, amigas.

Adiós 2015, has sido testigo de cómo amistades más antiguas no sólo continúan, si no que se fortalecen. Has sido el causante principal de demostrarme una vez más que los amigos están no sólo para lo malo, sino también para lo bueno, que a veces parece que se nos olvida. Y con esto quiero decirte Lúa, que quedas cordialmente invitada a la próxima risoterapia que 2016 inaugurará. Higes (tengo el propósito para 2016 de aprender a llamarte por tu nombre), gracias por soportar mis ausencias y hacerme disfrutar de cada café, paseo, cerveza y visita a Madrid o Alcalá. Gracias por ser un apoyo que aunque parezca invisible por lo poco que nos vemos, ha estado (créeme) más que presente en el 2015 y seguro que lo estará aún más en el 2016.

Adiós 2015, que además me dejaste empezar un máster que creo que va a quitarme más de una noche de sueño en el 2016 y conocer a personas que día tras día madrugan con una sonrisa en la cara (creo que duermen con ella). El chute de energía que dais (queriendo o sin querer) es necesario para aguantar el ritmo, y seguro que en 2016 terminamos esta carrera con puntuaciones extraordinarias. Gracias por ser tan geniales.

Adiós 2015, no puedes irte sin que dejen de estar presentes en estos últimos días que te quedan, amigos a los que veo tan pocas veces al año que si lo pienso, hasta duele. Sin embargo sé que esas 2 o 3 veces son suficientes para contarles con cada abrazo lo que les echo de menos cada día que paso sin ellos. Morenaso, espero mis cerves a la orillita del mar. Catalanas, os debo (lo sé) una visita, varias charlas, y miles de risas y abrazos… Seguro que llegan pronto.

Adiós 2015, contigo se queda también el mal sabor de boca de haber descuidado amistades que fueron importantes para mí. Espero que el año que entra me permita rectificar y recuperar al menos aquellas que consigan perdonármelo.

Adiós 2015, has hecho que por miles de casualidades que tiene la vida conozca al que estoy segura será un buen compañero de juegos, peleas, romances, paseos, viajes y mil historias que aún quedan por descubrir. Me muero por saber lo que el 2016 nos trae, Álvaro. Eres el mejor amigo que podría tener, gracias. Te quiero muchísimo.

Adiós, 2015. Cuando pienso en la palabra familia y todo lo que ello implica, me siento confusa. Normalmente es algo que te toca, en lo que puedes tener más o menos suerte. Casualmente, me ha tocado la mejor. Y no, no lo digo por decir ni hablo por hablar. 2015, decidiste darnos uno de los días más amargos de nuestras vidas a la familia, pero nos sirvió como excusa para demostrarnos que siempre seremos el hogar al que volver. Abuelo, se nota tu falta… Se nos fue el mejor de los Sánchez.

No conozco familia que luche más por mantenerse a salvo y cuidar los unos de los otros. No podría sentirme más cuidada y querida. No me ha faltado de nada nunca y no podría sentirme más orgullosa de cada una de las personas que la formamos. Por favor, 2016… Pórtate bien y ata los cabos que el 2015 deja sueltos, espero que por falta de fuerzas y no por dejadez. Es el único deseo que pediré a las uvas, de lo demás prometo encargarme yo. La familia no es algo que pueda escogerse, pero caprichosa la vida que escogió por mí y no pudo haber elegido mejor.

Te quiero mamá, te quiero papá, gracias por haberme aguantado y comprendido cuando ni yo misma lo hacía y por quererme como lo hacéis.

Adiós 2015, me ha encantado la oportunidad que me has dado para conocerme, quererme y comprenderme aún más. Cuanto más descubro, más me gusta, y aunque esté pecando de falta de humildad, creo que nunca está de más reconocer lo que ha costado tantos años pulir y construir. Trabajaré duro en 2016 para seguir creciendo, aún queda un largo camino por crear y recorrer…

Hola, 2016.

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Carta para quien no la lea

No sé qué saldrá de esto. Ni siquiera sé si llegaré a publicarlo. Porque me da miedo lo que pueda salir por mi boca, hasta yo me doy miedo… Y creo que empiezas a darme miedo tú.

Tú, que como quien dice te vi nacer, y que de algún modo tú también lo has hecho. Tú, quien me ha admirado y a quien yo también admiraba. Compartíamos tanto con tan poco… Y seguimos haciéndolo. Pero sinceramente, no por ganas.

Y sí, soy una cobarde diciéndolo por aquí. Pero sé que en el momento en que yo te diga todo lo que debería, se acabarán muchas cosas que echaré de menos muy pronto… Y todavía tengo que sopesar si mi paciencia tolera otro tirón de orejas. El primero tal vez te hiciera gracia, podría incluso parecerme gracioso a mí. El segundo más bien fue por inercia, y tampoco tuvo repercusiones. Esta última espero que las tenga, porque los tirones de orejas sólo los tolero en los cumpleaños… Y ya llevo unos cuantos encima. Algunos más que tú por lo menos.

Más sabe el diablo por viejo que por diablo… Y no me malinterpretes, soy otra cría, todos lo somos al fin y al cabo, pero igual que para ciertas cosas la que tiene canas eres tú, en otras muchas igual deberías agachar las orejas. O por lo menos no aparentar ser lobo, ovejita.

Espero que esto cambie, y me da igual que sea a peor. La vida afortunadamente me está enseñando a desencantarme y desengañarme de lo que son las relaciones humanas y sea quien sea, no voy a mover un dedo por alguien que me pone la zancadilla para ver lo gracioso que es verme en el suelo. Y mucho menos por verte a ti. Por mucha gracia que ahora te haga.

Siempre te querré, pero no siempre estaré ahí para aguantarte.

13N

     Estoy algo cansada de ver desde el viernes noche cómo hay personas que tratan de diferenciarse del resto, de utilizar esta catástrofe como una oportunidad más para destacar, por ser ellos «los únicos» que se acuerdan de otros muchísimos atentados que suceden desgraciadamente a diario. No, no nos olvidamos de ellos, o tal vez haya quien sí, pero no es extraño ni motivo de menosprecio:

     Según la Ley de McLurg, una noticia es más importante cuanto más próxima sea para el receptor de la misma. Para nosotros, la trascendencia de un atentado en Siria, o Somalia posiblemente sea parecida a la que ellos tienen sobre la que aconteció en París el pasado 13N. Pero no por ello nos importa ni imagino que les importe menos. Como personas, y seres humanos que somos, todos tenemos unos patrones de conducta y raciocinio en rasgos generales parecidos, y precisamente por eso para todos nosotros tendrá más impacto un atentado que geográfica y emocionalmente sufrimos más cerca.

     ¿Cuántos estudiantes españoles o trabajadores están ahora en París? ¿Cuánto tiempo hace falta para que den el paso y ataquen también España? ¿Cuál será su próximo golpe? ¿Afectará a mi amigo que tiene su viaje de bodas en Francia? ¿Podré ir al centro o beber agua del grifo sin miedo?

Estas son las preguntas que automáticamente nos saltan a muchos cuando vemos en las noticias que en París (a unos 1000 km desde Madrid) han sucedido tremendas tragedias.

     Hablando personalmente y me imagino que en nombre de otras personas que compartan mi opinión, no se menosprecia ni se olvida a los afectados o fallecidos fuera de la Unión Europea, y por favor, que no se me entienda mal: no quiero decir que únicamente se traten de evitar los problemas que atañen a los europeos, toda violencia mundial debería ser erradicada… Pero, por favor, dejad de tratar de ser diferentes. Porque todos lo somos, y nadie lo es. Porque, siento deciros que en este caso no lo sois: todos somos iguales, somos personas que luchamos contra la violencia buscando un mundo mejor donde vivir, y todo aquel que atente contra ello… No debería tener cabida en este mundo.

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Writing…

    No soy de las personas a las que le guste releer libros, y menos pensando que quedan cientos por leer. Cientos de libros llenos de nuevos personajes y aventuras, que tras leerlos quedarán en la estantería cogiendo polvo como todos aquellos que cierro tras leer el último punto y final. Aunque he de reconocer que (al igual que muchas personas a las que les guste la lectura) tengo debilidad por algún libro en concreto al que siempre quiero volver.

    Odio terminar libros. Esa sensación de vacío que se te queda cuando sabes que los personajes se han ido para no volver nunca. A no ser que rescates ese libro de la estantería, soples el polvo que ha acumulado su portada y vuelvas a sumergirte entre sus páginas, saludando de nuevo con cariño a los personajes que en su día te hicieron compañía. El problema llega cuando esperas que esos personajes cuenten una historia distinta a la que viviste la primera vez que caminaste por sus páginas; que te narren una historia diferente para cambiar un final infeliz, o simplemente esperando que ese final no llegue nunca…

    Pero eso jamás sucederá. El sino de cada personaje está escrito entre esas líneas y por mucho que quieras reescribir esas páginas, ya forman parte de tu pasado; de ti. No debes ser un mero lector de capítulos pasados de tu vida que no podrán reescribirse; por muchas páginas que arranques o tachones que hagas para intentar olvidar aquel puñal que te hizo creer que te romperías en mil pedazos, la cicatriz no se borrará.

    Puedes ser el lector eterno de unas páginas que marcarán un futuro inexistente o la persona que lleve el curso de su vida hacia el final que desea. Habrá cientos de libros; miles de capítulos cuyos finales te arranquen lágrimas, odio, temor y saquen lo peor de ti… Pero nunca será tarde para coger un bolígrafo y tratar de escribir un capítulo más que intente acercarte al final por el que llevas toda una vida luchando. Como dice el proverbio chino: «el mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años, pero el segundo mejor momento es hoy».

    Cierra ese libro y guárdalo con cariño en la estantería; recuérdalo como parte de ti, pero no vivas de él… Mientras quede tinta, queda esperanza para llegar a ser la mejor versión de ti.

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Haz que llegue

Qué ganas tenía. Qué ganas te tenía. Qué ganas tenía de volver a escribirte, de insultarte, de volcar todo lo que lleva meses martilleándome por dentro. ¿Crueldad? Tal vez, nunca prometimos ser perfectos, y en eso soy perfectamente imperfecta, y no, no me avergüenzo por ello.

Pero qué pocas ganas tenía… De volver a saber de ti, de volver a leerte, de volver a escribirte. Para mi, irremediablemente siempre serás la aguja que jamás podrá coser el roto que me hiciste; que nos hicimos. Si te acercas demasiado, duele, pero si te quedas lejos el descosido se hace cada vez más grande. Es como encontrarte de pie sobre una cuerda, rodeado de árboles que parecen acariciar el cielo. Como un equilibrista haciendo lo posible para no caer al vacío sobre una cuerda suspendida que se tambalea con cada suspiro del viento…

Y estando allí, en el aire, te preguntas qué será de ti si caes… Bueno, teniendo en cuenta que apenas alcanzas a ver el suelo, es posible que no lo cuentes. La pregunta es qué será de ti si te tiras. Pero claro, la posibilidad de que alguien te tienda la mano en mitad de la selva es tan remota que hasta los pájaros parecen estar riéndose de ti con cada graznido. 

Y así pasan los días, meses y años. Contigo pensando qué hacer, sin poder avanzar y sin querer tirarte, esperando algo que -no trates de engañarte ni mirar hacia otro lado- sabemos jamás llegará.

Haz que llegue.

Grita, salta, arriésgate, lucha y gana. Creo que en ese orden. Y si nada de eso funciona, tírate. Salta al vacío, de cabeza. Si algo que merezca la pena quiere que tú vivas, va a salvarte, y si no… Bueno, creo que no hay peor «vida» que estar haciendo equilibrios a doscientos metros sobre el suelo viendo como la vida pasa, la gente vive, y tú, mero espectador, te quedas con las ganas de saber qué narices es caerte, sangrar y levantarte.

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Traspiés

El ser humano es el único animal racional que no debería tropezar dos veces con la misma piedra.

Es algo irónico que sea precisamente el ÚNICO que lo hace. Por placer, porque le gusta. Porque espera que la próxima vez que pase por el mismo camino por el que sabe tropezará, estará despejado. Piensa que una piedra, por voluntad propia (eso que creemos queremos o esperamos que va a tener una piedra y nosotros no) se quitará de ahí para dejarnos vía libre.

Imaginaos la fe que tenemos en nosotros mismos cuando pensamos que es más probable que una piedra se aparte del camino (recordemos aquel dicho de «emocionalmente eres una piedra» y que cada uno piense lo que quiera) , a que nosotros seamos capaces de sortearla.

No sé llegados a este punto de si alguien sabe dónde quiero llegar… No, no es que el ser humano sea estúpido (por supuesto las piedras lo son bastante más), es que, como humanos que somos, tenemos que creer en algo. Y lo admitamos o no, muchos de nosotros creemos en las personas por encima de todo. El error (gravísimo error) es tratar de mover una piedra que no somos capaces de levantar. El problema es tratar de cambiar el camino, y no el recorrido. A veces la vida pone piedras en tu vida, y no para que te caigas (y cuando es así sólo es para que aprendas a levantarte) si no para que busques otras rutas por las que tal vez en lugar de piedras, des con un paisaje inesperado que al fin y al cabo no buscabas (o no creías buscar), pero en el que decides quedarte. Es más, a veces somos nosotros los que nos empeñamos en ponernos no una, si no mil piedras en el camino… Debe ser que nos van las emociones fuertes.

Al darte cuenta de esto, y verte a ti mismo frente a la piedra una vez más (cuando parece que empiezas a conocerla mejor que a la palma de tu mano, o precisamente por eso) tus opciones vuelven a dividirse en dos: volver a dejar todas tus fuerzas en tratar de quitar la piedra de tu camino (o lo que es peor, cargar con ella) o por fin, aceptar que tu camino no es el que querías que fuese. La primera opción te llevará a la frustración, a no ver otros caminos disponibles para ti. El segundo te abrirá un abanico de posibilidades que ni tú sabías que existía.

Pero el ser humano, además de insistente y cabezón, es ciego. Y si juntas estos tres pequeños defectos, a veces hace prácticamente imposible (y digo prácticamente) ver más allá de una piedra… Que la mayoría de las veces es un «chinato» del que no te das cuenta de lo molesto que es hasta que te lo sacas del zapato.

La vida consiste en mirar más allá, sin olvidar nuestro punto de partida. Mejorar, pero sobre todo no detenerse; ni para coger fuerzas.

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Salta

La angustia tarda exactamente el mismo tiempo que tardas tú en darte cuenta de que la vida jamás será como la planeaste, ni como te gustaría (afortunadamente), y eres capaz de aceptarlo.

Y qué largo es ese camino… Para aceptar algo, primero tienes que sufrirlo. Y para sufrirlo, tienes que querer «pasar por el aro». Pero esta vez se trata de un aro en llamas del que sabes vas a salir con quemaduras de tercer grado. Por supuesto, nadie quiere tener que soportar ese dolor: esa sensación de un millón de agujas clavándose en tu piel a cada latido de tu corazón; nadie quiere sufrir las ampollas que te van a dejar, las marcas que vestirá tu piel, y tu corazón.

Pero es mucho más doloroso ver que la llama crece tras cada segundo de indecisión, y que aun así sabes a ciencia cierta que tendrás que atravesarlo si no quieres quedarte atrapado en esa situación para siempre: con el humo ganando cada vez más terreno en tus pulmones, el calor creciendo y golpeando tu cara, las cenizas tiñiendo tu pelo, reduciéndose tu espacio hasta el punto en que te ves abrazada a ti misma, con menos posibilidad de escapatoria y con menos fuerza para pedir auxilio.

La decisión es tuya y únicamente depende de ti: de tu valentía, y de lo que hayas aprendido a quererte a lo largo de tu vida. Nadie va a decirte cuándo debes dar el paso, y cuanto antes lo des, menos serán las agujas que te martillearán la piel; menos serán las ampollas que te impedirán abrir los ojos, menos serán las marcas que algún día lucirás en tu piel como parte de tu historia, de ti.

Dar saltos no es malo, ni siquiera cuando no sabes lo que te espera al otro lado. Puede que cuando atravieses ese aro en llamas, lo único que te esté esperando sea otro incendio aún mayor. O lo que es peor, una oscuridad tan gélida que te inmovilice por completo… Pero si no encuentras dentro de ti el valor para darlo, significa que en el tiempo que has convivido contigo no has sido capaz de aprender a valorarte lo suficiente como para saber poner fin a una situación que no te hace lo suficientemente feliz: que no te da lo que tú crees merecer, que al fin y al cabo, no te importa(s) lo suficiente.

Y de cada salto se aprende. De un salto al vacío siempre habrá alguna mano amiga dispuesta a lanzar una cuerda para tirar de ti. Y quién sabe, a lo mejor al fin del precipicio te espera el lago más profundo en el que te has sumergido jamás, capaz de calmar el dolor de todas las heridas que llevas a cuestas…

Pero si no das el paso, nunca lo sabrás.

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Feliz 2015

31.12.14

No sé si tengo que despedirme de más cosas de las que están por llegar o si tendré que abrir aún más la puerta para recibir a todo lo que está por venir… Pero lo que está claro es que costará guardar ciertas cosas en el trastero (y cada año más). Qué pena da que una caja de recuerdos se llene de polvo, se humedezca y se cubra de moho. Y qué lástima que cuando tratemos de rescatarla del olvido dentro de tantos años como sean necesarios para sacarla de tu cabeza (y de tu corazón), sea demasiado tarde y lo único que quede sean las cenizas de lo que fue el fuego que te encendía cada día.

Echaré de menos tantas cosas como sonrisas me sacaron. Y quienes me conozcáis sabéis que no son pocas… Y qué miedo da echar de menos, pero como siempre digo… es mejor que echar de más. Y echo tan pocas cosas de más este año, que lo único que espero del que entra a darle el relevo es que traiga muchas más cosas para echar de menos. Por lo triste y bonito que es a la vez. Porque significa haber aprendido a valorar aquello que sabes que te hace feliz. Porque, como dice mi amiga Raquel, cada año te conoces un poquito más y aprendes a ser tu mejor amiga y confidente. Por todo eso, por todas las cajas de recuerdos que el 2014 guarda y sobre todo por todo el espacio que hay para poder almacenar las que vendrán. Por todo lo vivido y lo que queda por vivir. Por mí y por vosotros. Y no, no es un anuncio de Freixenet… Pero creo que hoy es el mejor día para agradecer a todos los que compartiendo su tiempo conmigo este año han contribuido a hacer de mí una mejor persona. O simplemente a ser más persona.

Gracias familia, por haber sido mi apoyo diario. Gracias mamá (que sé que me lees a hurtadillas) por conocerme más que nadie y ser la que me ha hecho ser como soy, por enseñarme a quererme. Por quererme.

Gracias amigas, por haber hecho que este 2014 siga con la cabeza sobre los hombros, cómo me gustaría haceros entender lo que significáis para mi y lo que habéis significado este año. Las cajas que guardo de vosotras son las más valiosas .

Os deseo lo mejor para este 2015. Nos deseo lo mejor… Y me muero de ganas por saber todo lo que nos espera por vivir.

CHINCHIN (de afflelou).

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No molesten, que estoy tejiendo

Pensad en una tela de araña:

Una tela de araña es exactamente igual que la vida de una persona. Tiene muchos vértices, muy distintos que empiezan sus caminos en puntos muy distantes. Éstos, con el paso del tiempo empiezan a entrelazarse, poniendo puntos en común, creando puentes: algunos más estables, otros más endebles, pero todos y cada uno de ellos importantes de alguna forma…

¿Y lo frágiles que son cada uno de estos hilos? ¿Y lo resistente que puede llegar a ser una tela de araña? Es al principio cuando todo es más vulnerable: es fácil que una ráfaga de viento se lleve por delante lo que ha llevado apenas unos minutos de construcción… pero cada segundo de supervivencia de esa red hace más improbable su fracaso.

Cada vivencia, cada momento, cada paso, cada persona nueva que entra en tu vida, cada uno de tus éxitos y cada uno de tus fracasos forjan lo que se convertirá en una tela de araña cada vez más grande: en ti. Tú no eres más que todo lo que has vivido; ni menos. Eres el primer paso que diste, eres el primer examen que hiciste, el primer beso que regalaste, el primer llanto que no pudiste contener, eres todo aquello que aún no has experimentado, y también lo que no experimentarás.

¿Y qué pasa cuando uno de esos hilos se rompe? Puede que accidentalmente se rompa; puede que alguien lo haga, o puede simplemente que se tensara demasiado… Y es verdad que cuando esto pasa, se desestabiliza la red entera, e incluso puede que haga falta una reestructuración de cada uno de los hilos que la forman, pero desde luego lo que no podemos hacer es fijar nuestra atención únicamente en el puente roto: hay que devolver la estabilidad a la red. Cierto es que el pequeño terremoto que sentimos, que parece dejarnos sin tierra bajo los pies, nos desestabiliza hasta el punto en que pensamos que todo aquello en lo que creíamos se viene abajo, pero debemos ser conscientes de que lo que ha habido es un fallo. Un fallo que no puede dejar que todo el esfuerzo invertido en los otros pilares se derrumbe también. Un hilo roto no puede determinar el fracaso del esfuerzo de toda una vida, y de la misma forma en que hemos aprendido a tejer de cero, podemos aprender a reparar ciertos puntos deshilachados que irremediablemente encontraremos por el camino…

tela araña

Dale la vuelta al mundo…

Hoy me he puesto a pensar, cuando por fin he tenido un ratito, en lo pequeños que somos.

Cuando alguien te dice que eres especial automáticamente te sientes un poquito más grande, hasta que te das cuenta de que si todo el mundo es especial, todos dejamos de serlo.

Tuve la suerte de poder conocer Nueva York, y hasta la persona con el ego más grande habido y por haber no podría remediar sentirse la más pequeñita del mundo cuando se ve rodeada de gente tan diferente e igual a la vez, de esos edificios que no dejan de hacerte sombra, de tanto movimiento, variedad, color, ruido, olores…

Te cruzas con gente: gente que va a trabajar como tú, a estudiar como tú, a dar una vuelta por su ciudad como tú: altos, groseros, negros, encantadores, bajos, mendigos, blancos, delgados, millonarios, chinos… Eres un número más de una ciudad en la que no cuentan los pasos que das sino el destino fijado en tu mapa. Da igual el cómo hagas las cosas, sino dónde llegues. Y por eso mismo, si eres capaz de ver esa diferencia entre tantas «personas especiales» serás capaz de enamorarte de cualquier ciudad. Cuando consigues ver más allá del edificio de 50 plantas que tienes delante y te das cuenta mirando por la ventana de tu habitación, de que en la segunda hay una pareja besándose. Cuando en vez de buscar el monumento más visitado por año en la ciudad te paras a dar de comer a un par de ardillas que miran tus pipas como si no existiese nada más para ellas. Cuando disfrutas perdiéndote por cada rincón que no figura en tus planes y descubres una cafetería en la que cruzarás una mirada que guardarás para siempre… Cuando un concierto de Jazz consigue que te olvides de que eres una persona escuchando a una mujer cantando un fragmento de la banda sonora de tu vida.

No son los momentos vividos, son la forma de vivirlos. Cada día te cruzarás con personas que te dirán que eres uno más … Pero no seas como ellos, no seas especial, haz que todo lo que te rodee lo sea. Sé la persona que ven desde el hotel de enfrente dando el beso más tierno que has dado nunca; vete a darles a un par de ardillas curiosas su primer regalo de Navidad; coge ese camino cuando vayas a dar un paseo por tu ciudad por el que nunca antes has ido; déjate envolver por lo que te rodea y disfruta de ello…

No puedes hacer que el señor que al cederle el asiento te miró mal te agradezca el gesto… Pero sí puedes sonreírle. No puedes esperar que alguien te ayude siempre que lo necesites, pero sí puedes pedir una mano. No puedes evitar que te rompan el corazón, pero sí aprender de la experiencia. No puedes hacer nada por alguien que no se deja ayudar, pero sí estar ahí para recoger y reconstruir sus trocitos cuando esté destrozado.

Si cambias tu forma de ver el mundo, el mundo cambiará, y en tu mano está que sea a tu gusto… «Nadie dijo que sería fácil, pero sí que merecería la pena intentarlo»…

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